lunes, 20 de abril de 2015

Prepararnos para confrontaciones más grandes y radicalizadas

La situación revolucionaria inédita está golpeando al Cono Sur de nuestro continente, expresándose en las movilizaciones contra Dilma en Brasil y el último parazo nacional argentino.

Independientemente de que los partidos patronales, la burocracia, la Iglesia e incluso la izquierda más “socialdemocratizada”, como las direcciones del FIT, traten de “llevar todo hacia las elecciones”, acabamos de presenciar la huelga más importante de estos últimos diez años de kirchnerismo.

La crisis económica, la debacle de las instituciones del régimen, las divisiones entre los “de arriba” y la presión de las bases empujaron a la burocracia, que también está en crisis y dividida, a decretar el paro. La suma de estos elementos seguirá empujando hacia la concreción de nuevas medidas de lucha nacionales.

La combinación de estos factores también se expresa en el resultado electoral. La izquierda trotskista, como sucedió en Salta, continuará cosechando muchos votos, lo cual ayudará a radicalizar al activismo que se pone al frente de las luchas.

Este proceso de luchas y polarización dio un salto a partir de la muerte del fiscal Nisman, profundizando las violentas confrontaciones y divisiones entre las camarillas que conducen los destinos del país y aquellas que se postulan a reemplazarlas.

Esto va en sintonía con la división producida en el seno del imperialismo yanky, ya que la burguesía argentina es totalmente dependiente de sus amos del norte.

Por esas mismas razones, el gobierno que reemplazará al actual será muy débil. Gane quien gane las elecciones de Octubre su gestión será más parecida a la de De la Rúa que a las de Néstor y Cristina.

El kirchnerismo pudo “estabilizar” al país, contar con gran apoyo popular y garantizarle el saqueo a las grandes multinacionales gracias al “viento de cola” de la economía mundial proveniente de los altos precios de la soja y el avance de la economía china.

La crisis económica mundial liquidó cualquier posibilidad de continuar con la demagogia y el populismo, empujando a las masas a luchar contra los gobiernos -nacionales y populares o liberales- a través de nuevos Argentinazos y Huelgas Generales.

El proceso electoral no frenará esa perspectiva, que se irá materializando a través de conflictos duros y politizados, el caldo de cultivo dentro del cual crecerá una nueva vanguardia, mucho más dura y radicalizada que la que se fogueó durante en estos años de concesiones debido al “veranito económico”.

Es que la política del gobierno actual y del que asumirá después de Octubre no será otra que la de achicar los salarios, despedir masivamente, aumentar los ritmos de producción y reventar las conquistas obreras.

El activismo deberá enfrentar esta dureza con medidas mucho más efectivas que las que tuvo que llevar adelante en estos diez años de kirchnerismo. Habrá que retomar las tomas de fábrica, los piquetes de autodefensa y las huelgas prolongadas.

La izquierda electoralista, pacifista y estudiantilista será un escollo para la puesta en marcha de la dirección obrera que deberá asumir estas tareas. Habrá que impulsar la unidad de los revolucionarios que quieran ponerse al servicio de la clase obrera y su vanguardia, para educarla con las mejores tradiciones del proletariado revolucionario.


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