viernes, 31 de agosto de 2012

Una gran oportunidad para la izquierda

La economía continúa cayendo en picada. Una situación que se siente cada vez más en las calles, yendo al supermercado, comprando un remedio, cargando combustible o buscando trabajo. Así lo corroboran 6 de cada 10 hogares que no pueden llegar a fin de cada mes con algo de plata.

Para rematarla, el gobierno “nacional y popular” acaba de ¿aumentar? el salario mínimo, llevándolo a $2600.- ¡Una verdadera provocación para los millones que ven que sus sueldos suben por la escalera mientras los precios lo hacen por el ascensor! 

La política del gobierno nacional empuja a los gobernadores hacia el mismo lado. Por lo tanto, todos -con sus provincias en rojo- están cargando contra el salario de sus empleados, despidiendo o congelando vacantes. Lo mismo hacen los empresarios de la industria, del comercio, la construcción y de los bancos. 

La crisis y el ajuste se sienten con la baja de la producción, la caída del consumo, la parálisis de la obra pública y la inflación galopante. Todos estos indicadores están haciendo trizas al modelo semicolonial, agitando otra vez el fantasma de la desocupación y la miseria.

Para los de arriba, la única esperanza de amortiguar los efectos de la recesión está ligada al ingreso de dólares provenientes de la exportación de la soja, cuyo precio depende de los vaivenes de la crisis mundial y de los cambios climáticos que regulan el aumento o la disminución de su valor. 

Los efectos del plan K

Esto es el resultado de 9 años de gobierno kirchnerista, que actúa como representante de una burguesía nacional extremadamente cipaya y cobarde, que en  lugar de fomentar la industria para motorizar y sostener el crecimiento -y sus propias ganancias- ha decidido entregar hasta los calzones. ¡Ni el propio Menem se atrevió a tanto!

De esa manera consolidaron el proceso de desindustrialización que vive nuestro país desde hace años y profundizaron la dependencia tecnológica y financiera. Debido al brutal saqueo Argentina perdió hasta el autoabastecimiento energético.

Los pooles de siembra impusieron el monocultivo arrasando los bosques y las tierras del trigo y las vacas. Las mineras tienen patente de corso para depredar las riquezas del suelo y contaminar el agua y el aire. El pago de la deuda a los usureros internacionales continua siendo el mayor drenaje de recursos, mientras que las empresas y los bancos multinacionales se llevan las ganancias en pala.

Durante esta nueva década infame los distintos sectores de la oposición patronal y burocrática han sido incapaces de ofrecer un modelo alternativo, ya que de una u otra manera todos ellos se ofrecieron como socios del saqueo, aunque sea de una parte minoritaria del negocio.

Quieren perpetuarse para continuar la entrega

Por todo esto y aprovechando la debilidad de sus competidores, Cristina y los suyos pretenden perpetuarse en el poder, imponiendo la re-elección. Ella sabe que con esta ventaja puede ofrecerse ante los monopolios como garante de la continuidad del Saqueo. Para eso se ha despojado de los últimos vestigios del discurso demagógico que caracterizó a la primera parte de su gestión.

La presidenta ya no tiene pruritos en mostrarse con personajes siniestros, como el ex agente de la dictadura Gerardo Martínez. O de dejar de hablar de la “nacionalización” de YPF para ir directo a los bifes, entregándole una parte de sus acciones a la multinacional yanqui Chevron. 

Cada uno de estos actos de entrega ha sido disfrazado de gesta heroica, como probablemente lo vuelvan a hacer cuando “rescaten” a las distribuidoras de electricidad, EDESUR y EDENOR, vaciadas por sus dueños, que se están preparando para huir como ratas por tirante.Para evitar el colapso energético harán algo parecido a lo que ya hicieron en Aerolíneas, donde el estado se hizo cargo de las pérdidas, salvando las ganancias de sus anteriores dueños.

Cristina va por todo

Cristina sabe que para llevar adelante esta parte del plan enfrentará una encarnizada resistencia de la clase obrera, que está sufriendo la merma de su poder adquisitivo y condiciones de vida. Para contar con una tropa dispuesta a imponer una nueva vuelta de tuerca al saqueo imperialista  necesita disciplinar a propios y extraños.

Necesitará recurrir a la represión en una escala superior de la que viene haciéndolo, con más policías, gendarmes, prefectos y patotas; única manera de doblegar a las luchas y a los luchadores. Sin embargo en este terreno las cosas no le van demasiado bien: 

Por un lado porque las fuerzas represivas -para cuyo rearme está invirtiendo millonadas- no están aún con la moral y disciplina necesarias para jugar el papel que las circunstancias les reclaman. Las huelgas policiales de Santa Cruz y Chubut se han encargado de demostrarlo. 

Pero además, porque la burocracia patotera está tanto o más en crisis. Para muestra bastan dos “botones”, por un lado el jefe de los burócratas ferroviarios, que sigue preso por el asesinato de Mariano Ferreyra, mientras que por el otro, el jefe de los albañiles continúa mal parado después de la denuncia que le hizo el SITRAIC por haber pertenecido a la “inteligencia” del Proceso.

¿Quién le pone le cascabel al gato?

Sin embargo las denuncias son apenas un problema para estos burócratas, que deben enfrentarse a otro aún mayor: la rebelión de sus bases, cada vez más reacias a aceptar sus órdenes. ¡Miles de jóvenes luchadores se están organizando a diario en sus fábricas y empresas, cuestionando el poder de los aparatos burocráticos!

El ascenso obrero es el gran problema de Cristina, ya que el proletariado pelea duro -a pesar de no contar con una dirección consecuente- constituyéndose en la única fuerza capaz de ponerle límites al poder kirchnerista.

Así lo han testimoniado, solo en estas últimas semanas, los Dragones de Chubut, los docentes y estatales de Buenos Aires, los estatales de Córdoba, los tabacaleros de Salta, los camioneros, los del subte y un largo rosarios de obreros en conflicto.

Cristina maneja discrecionalmente los fondos públicos, comprando la adhesión de diputados, senadores, jueces y fiscales, intelectuales, barra bravas y asesinos. Semejante abuso del poder ha paralizado a las clases medias y al conjunto de los políticos burgueses de la oposición. 

Pero ni esa plata, ni el aparato represivo ni el apoyo de los burócratas traidores le han servido para frenar la combatividad de una clase obrera que resiste y se prepara para confrontaciones decisivas.En ese terreno, problemático para los de arriba, se presenta la gran oportunidad para la izquierda revolucionaria, ya que cuenta con el único programa capaz de acabar con la crisis capitalista, beneficiando al servicio de la sociedad.

El Frente de Izquierda tendría que romper su actual pasividad, abriéndose a la incorporación de otras fuerzas y personalidades y poniendo todas sus fuerzas al servicio de las luchas y los luchadores para capitalizar semejante situación.

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