lunes, 5 de marzo de 2012

Sinvergüenzas…

¡Caraduras, sinvergüenzas! Estos son algunos de los epítetos más leves que están en la boca y el pensamiento de los cada vez más numerosos sectores de la población que han roto el silencio para gritarles su bronca a los funcionarios más odiados de este gobierno y a la mismísima Cristina.

No puede ser de otra manera, ya que a la conmoción que generó el desastre del Sarmiento, se le han sumado descaradas declaraciones del secretario de transporte Schiavi, la ministra de seguridad Garré y la presidenta. Todos preocupados por salvarle las culpas al dueño de la concesión de TBA, Cirigliano, y a los funcionarios y burócratas que se han enriquecido con el desguace del ferrocarril. De la misma manera que lo han hecho con las escuelas, los hospitales y el conjunto de obras públicas y servicios.

Las 51 víctimas fatales atrapadas entre los hierros y las chapas retorcidas de los vagones, estaban sanas e iban a trabajar, estudiar o simplemente a realizar trámites. ¡No existe dolor más grande que el que se produce con una muerte evitable! Todos ellos tenían proyectos, amores, hijos, padres, hermanos, amigos, compañeros de trabajo, como cualquiera de los que estamos vivos porque tuvimos la suerte de no estar en ese tren del Sarmiento.

A todo el mundo le quedó claro que no fue la fatalidad que sesgó sus vidas, sino el vil negocio que los capitalistas, amparados por el gobierno y los burócratas sindicales, han montado para amasar fortunas sin invertir un solo peso. Esta gente, que forma parte de la clase empresarial que nos está despojando de lo más elemental, las riquezas naturales, a través de la política sistemática del saqueo.

Por eso, lo que quedó expuesto luego del desastre de Once ha sido la verdadera naturaleza de este “proyecto nacional y popular”, que como otros en el resto del continente, se está hundiendo en el mismo fango que alimentó los negociados de los gobiernos anteriores, desde la dictadura de Videla en adelante, pasando por Alfonsín, Menem y De La Rua. Un modelo de ajuste, saqueo y represión al servicio de las multinacionales, gracias al cual, tanto la presidenta como el conjunto de sus funcionarios, han aumentado sus patrimonios de manera exorbitante.

Todo demuestra que el capitalismo semicolonial, que continúo sosteniendo el kirchnerismo durante los últimos ocho años, se está cayendo a pedazos, en momentos en que la crisis mundial no permite ni siquiera mantener las apariencias del “progresismo” a través de algún mecanismo de distribución de las migajas. El Gobierno de Cristina hace agua, porque ya no tiene la ventaja de los elevados precios internacionales de las materias primas, que le servían para transformar el engaño en virtud.

Cada vez son más los sectores de las clases medias, trabajadores y pobres, que no se tragan las medidas reaccionarias presentadas detrás de un discurso progresista, frases de izquierda, pañuelos de las madres o la figura del Che estampada en las remeras de la Cámpora. Por eso no han podido hacer pasar el ajuste en Santa Cruz o entregar el Famatina a la voracidad de las mineras. Tampoco hacerle creer a la mayoría que la ley antiterrorista o el espionaje de la gendarmería forma parte de una política de “defensa de los derechos humanos”.

El slogan “vamos por todo” significa que Cristina redobló la apuesta para tranquilizar a los imperialistas, asegurándoles que podrán arrasar con todas las riquezas y recursos que todavía quedan en el país. Dejándoles en claro que no le temblará el pulso a la hora de colocar como enemigo a la clase obrera organizada, atacando a los dirigentes obreros combativos, o siempre dispuestos a conciliar como Moyano y Yaski.

Nada novedoso si se tiene en cuenta que el Kirchnerismo les garantizó a las multinacionales y los bancos, mayores ganancias que las que obtuvieron bajo el menemismo, pagó más que ningún otro la deuda a los usureros y avaló la continuidad del saqueo, permitiendo que se llevaran el petróleo y el gas hasta agotar las reservas. Entregó las tierras, la riqueza de los mares y las montañas.

El mismo gobierno que utilizó el dinero de los jubilados para rescatar a las empresas y prestarle a los bancos, y que continúa pagando la fraudulenta deuda externa, ahora mediante el ardid de anular la nefasta ley de convertibilidad de los 90´ y así eludir las trabas que les impide manotear las reservas del Banco Central sin límite.

Lo nuevo del caso es que las mayorías que votaron a Cristina, los obreros, las clases medias y otros sectores populares, han comenzado a romper estrepitosa y masivamente con el oficialismo. De ésta manera la lucha de clases de nuestro país entró en sintonía con los procesos de luchas de las masas, que en todo el mundo están enfrentando los planes de ajuste aplicados por los diferentes gobiernos.

Comenzó un período de grandes confrontaciones, que tiene a los trabajadores y a sus organizaciones sindicales y políticas en la primera fila de los combates. El gran desafió para los luchadores y la izquierda será, de acá en más, impulsar la unidad del conjunto de la clase obrera para comenzar a organizar desde las bases la huelga general que acabe con el gobierno y su plan de ajuste e imponiendo una verdadera salida de fondo contra las multinacionales y los banqueros, y al servicio de las mayorías.

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