viernes, 9 de septiembre de 2011

El Gobierno, como el Titanic

Aunque Budou no se parezca a Leonardo Di Caprio, ni Cristina a Kate Winslet, la dupla exitosa del Frente para la Victoria, al igual que estos astros de cine, parece transcurrir su romance en una suerte de Titanic a punto de chocar contra un iceberg.

Muchas son las risas de los capitanes de la industria, que desde la UIA le guiñan el ojo a Cristina. Mucho es el champagne que rebalsa las copas de los grandes propietarios de pooles de soja, refinerías y minas de metales preciosos.

Ebrios de triunfalismo, los kirchneristas se florean mientras los intendentes del conurbano, los barones, comen de sus manos. Ahí lo vemos en un rincón a Moyano, con sonrisitas nerviosas, tratando de pasar desapercibido. Todos se inclinan ante la poderosa y el intrépido que prometen placeres, riquezas y manjares a todos los súbditos que sepan ubicarse a su lado.

Es tan abrumador el corrimiento del stablishment hacia las huestes oficialistas, que el resto de los candidatos patronales hacen malabares para sostener la campaña sin plata, prensa ni apoyo empresarial.

Esta devoción por santa Cristina es gracias a las paladas de dinero que destinó a los sectores que nada tienen de productivos; parásitos que crecieron a fuerza de saquear las riquezas y explotando a la clase trabajadora y las clases medias rurales y urbanas, verdaderas responsables del crecimiento económico.

Pero más que el agradecimiento por la dicha actual, el origen del romance de estos crápulas con los otros del oficialismo es el miedo a la galopante recesión mundial, que extiende su sombra sobre todo el globo. Los capitalistas saben que frente a la crisis no conviene cambiar de caballo a mitad del río, y no les queda otra que sostener y fortalecer a este gobierno hasta pasar la tormenta.

Pero al igual que en el Titanic, de nada sirve el mejor barco si va a chocar contra un iceberg, un pedazo de hielo que tiene la particularidad de ser apenas visible en la superficie, pero que esconde, debajo del agua, una masa varias veces más grande que la que asoma. El Titanic es el gobierno y el iceberg los trabajadores y el pueblo, que luchan sin cesar.

Las continuas luchas por salario, contra la inflación que empobrece a los trabajadores, los reclamos de vivienda y obras públicas en hospitales y escuelas, fueron dando volumen al iceberg. Sin embargo fueron las luchas democráticas de estos últimos treinta años las que le dieron fortaleza.

Desde las movilizaciones contra la dictadura en los ochentas, hasta las de la actualidad por cárcel a los genocidas, pasando por la jornadas del 19 y 20 de diciembre, las peleas por reivindicaciones democráticas provocaron hechos políticos mayúsculos que ya forman parte de nuestra historia.

Las movilizaciones por la cárcel para los violadores, contra el gatillo fácil o las patotas sindicales se han ido extendiendo. En algunos casos, hechos que otras veces pasan desapercibidos, ahora cobran dimensiones extraordinarias, como el secuestro seguido de muerte de Candela Rodríguez.

La gente trabajadora, la masa gris que se conmocionó con la nena linda de carita simpática, quiso pensar por una vez, que el gobierno con la policía y la justicia harían algo, devolviendo una hija a su madre.

Pero por debajo de todo esto hay algo muy descompuesto: las instituciones de este régimen, siempre listo para limpiarle la cara a los funcionarios y empresarios poderosos y corruptos, en vez de impartir justicia para la mayoría de la población, los trabajadores y los pobres.

Con esta justicia y fuerzas de seguridad que hacen la vista gorda frente a los delincuentes de guante blanco y las mafias, seguirán yendo a la cárcel los ladrones de gallinas y los activistas que hacen huelgas o cortan calles. Pero los de abajo nunca podremos vivir en paz.

Ellos son los verdaderos delincuentes, los dueños de los prostíbulos, los narcos, los piratas del asfalto o los que se llenan los bolsillos a cambio de la superexplotación de sus trabajadores, los responsables de que vivamos en permanente inseguridad, el clima necesario para que puedan hacer sus negocios.

Para acabar con los causantes de tanto dolor, el pueblo debe tomar en sus manos la tarea de impartir justicia y brindar seguridad, promoviendo la creación de jurados populares, sin la presión de la corporación estatal, que achata las mentes de los jueces, que se enriquecen trabajando para los ricos y poderosos.

En el mismo sentido, los comisarios tendrían que ser elegidos por el voto popular, siendo controlados por comisiones de vecinos y trabajadores. De implementarse, estas modificaciones, constituirían dos herramientas fenomenales para acabar con los verdaderos delincuentes y garantizar la seguridad para las mayorías.

Para lograr su implementación hay que seguir el camino de lucha que llevaron adelante aquellos sectores obreros y populares que supieron imponer algún tipo de justicia, como los familiares y amigos de Sonia Colman o las mujeres de Cinco Saltos (ver notas periódico 13). Para avanzar hasta el final hay que imponer una Asamblea Constituyente, una medida democrática prevista por la constitución en la cual se vota qué tipo de país es necesario construir, o sea sus leyes fundamentales.

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