miércoles, 17 de agosto de 2011

A pesar de la montaña de votos… demasiado sola para el ajuste

Los últimos restos de una bonanza económica que se escurre rápido, como agua entre los dedos, y la necesidad de preservarla de un mundo en llamas, permitieron que el Kirchnerismo se alce con un triunfo arrasador.

La diferencia es tan grande, que los principales candidatos de la oposición patronal participarán de las generales de octubre más por amor propio que por convicción. Hasta Lilita Carrió, que salió segunda en las presidenciales de 2007, cayó estrepitosamente tan bajo, que casi se cuela por detrás de la izquierda.

Pero al escuchar las primeras palabras de la presidenta, su actitud seria y medida contrastaba con la algarabía reinante en el predio. Y no era para menos, Cristina sabe que su victoria se erige sobre las ruinas del PJ y la UCR.

El régimen bipartidista de radicales y peronistas, que durante décadas se sucedieron en el poder, fue herido de muerte en el estallido del 2001, que provocó la larga agonía los partidos de masas que mejor sirvieron a la gobernabilidad del capitalismo en la Argentina.

El resultado de las primarias muestra que la agonía llegó a su fin. El Frente para la Victoria vino a ocupar el lugar de un cadáver insepulto, postulándose para asumir sobre sus espaldas la responsabilidad de conducir al capitalismo argentino por los mares agitados de la crisis mundial.

Que es más profunda que las anteriores, y está poniendo en jaque a los viejos y nuevos líderes, que llevan adelante la tarea de sacrificar las condiciones de vida de las masas para salvar al capitalismo agónico.

Esta es la tarea que debe encarar Cristina Kirchner, acompañada por sus ministros y sus pichones de la Cámpora. Seguramente, esto es lo que le cruzó la mente al momento de hablar al micrófono, para deslizar un tibio llamado a la “unidad nacional”.

Es que nunca un gobierno estuvo tan solo frente a las masas para aplicar el ajuste gigantesco que requiere la situación. El resto de los políticos del régimen, sin llegada al pueblo, no podrá servirle de gran ayuda cuando las papas quemen.

Ni siquiera podrá apoyarse en la autoridad de los jefes sindicales. Burócratas que siguen atados a sus sillones por la única razón de que los trabajadores, de conjunto, aún no tomaron el camino de los trabajadores del subte, que fundaron un nuevo sindicato, o de los petroleros de Santa Cruz, que en asamblea mayoritaria votaron la destitución de Secretario General y nombraron una directiva nueva.

Los viejos dirigentes sindicales peronistas, como Gerardo Martínez, ya no pueden sostenerse ni a fuerza de patotas. Ya sea por la presión de la movilización, como la que se gestó tras el asesinato del militante Mariano Ferreira, o por el ejercicio de la autodefensa, que aplican a diario obreros como en el Sitraic, el “reinado” de las patotas está tocando a su fin.

Es difícil pensar que los camporistas puedan reemplazar en el corto plazo a los viejos jerarcas de las CGT y CTA. Como ya lo hemos descrito anteriormente, estos aprendices de burócratas están más apurados por llenarse los bolsillos, antes de que se de vuelta la tortilla, que de construir una lealtad política genuina al proyecto kirchnerista entre los trabajadores.

Las primarias nos han dejado varias enseñanzas que tenemos que saber aprovechar: primero, que el régimen se juega una carta importantísima con Cristina Kirchner, porque después de ella se extiende el más yermo de los desiertos.

Y segundo, que el gobierno no tiene ningún representante de peso en el interior del movimiento obrero para contener los constantes, y cada vez más radicalizados, desbordes protagonizados por los trabajadores en el afán de resolver sus demandas de salario, trabajo en blanco, vivienda, salud y demás demandas insatisfechas por el capitalismo en decadencia.

Esta es una formidable oportunidad para que la izquierda extienda su influencia a miles y miles de obreros, estudiantes y vecinos de las barriadas populares, poniéndose a la cabeza de las luchas que necesariamente enfrentarán a las masas contra el kirchnerismo. Es que el gobierno terminará hundido por los mismos que hoy están votando a Cristina.

La izquierda trotskista tiene, a partir de ahora, el gran desafío de convocar a la organización de un gran movimiento de lucha para pelear consecuentemente contra el gobierno y su plan de ajuste y saqueo, proponiendo el único programa capaz de salvar a los trabajadores y al conjunto del pueblo de la decadencia capitalista, el programa socialista.

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